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Sazones del GP italiano

Una leyenda a mil por hora. Ferrari es Ferrari. Punto

En la punta, Senna. Y detrás Prost, perseguidos por Berger y
por Alboreto. Monza 1988

Roma.— Hay importantes cuentos que vienen a colación luego del GP de Italia de 2011 de la Fórmula Uno disputado el domingo retropróximo en el Parque de Monza, por acá, al norte del país de la bota.

Algún recuerdo, a su manera, tan sobresaliente, que no queda más remedio sino repasar aunque sea muy por encima en alguno de sus ángulos. Ya que devino leyenda y en este caso, tiene que ver con Enzo Ferrari.

Il Commendatore. De asuntos que le son propios, por el hecho de que la justa de la velocidad reciente hubiese sido dirimida en piso italiano, a poco menos de un mes del día en que se celebra su aniversario luctuoso.

Italianísimo

El 14 de agosto de 1988 murió Enzo Ferrari contando sus 90 años de edad. Cada vez que llega tal fecha, en ciertas ciudades del norte, como en Módena, por ejemplo, donde estuvo siempre su morada, se realizan todos los homenajes imaginables; pero también se los hacen en Turín y, ni se diga, en Maranello.

Monza. La tierra de La Catedral de la Velocidad del Planeta, en cambio, lo hace de la mejor manera que sabe hacerlo: mediante una competición de Fórmula Uno; que si coincide con que ganase un coche Ferrari, se vuelve el festejo de la más clamorosa dimensión. En primer lugar para los tifosos —esos fanáticos picados por un mal como el del tifus que por supuesto, es contagioso. Y maravilloso a la vez— pero que en seguida, es un hito que envuelve a la mayoría de los italianos. Como triunfo de la patria.

El nombre de Ferrari es un símbolo nacional. Pero no nada más. Habla per se, de la velocidad y del frenesí. De lo más deportivo que se pueda imaginar. Del éxito que regala la riqueza. Y del triunfo. Sí. Ganar.

Aunque no en cada carrera lo haya conseguido, La Scuderia ha recogido una cosecha tan generosa en victorias, que posee la virtud de anhelar siempre una más que ya pronto vendrá, porque se ha nacido para ese propósito. Y con ese aliento es que prosigue la leyenda…

Se cuenta, o más bien se sabe a ciencia cierta, que el 11 de septiembre de ese año de 1988 se jugó el GP de Italia en el Autodromo Nazionale di Monza, y fue la primera vez que ocurrió sin que Enzo Ferrari estuviera presente. Raro. Porque él estaba siempre junto a sus pilotos, cerca de sus mecánicos y revisando cada uno de los factores para pelear por ser los primeros en llegar a la meta.

Había una biografía grandiosa bajo el asunto. Siendo piloto de joven, este personaje muy pronto descubrió que tenía una facilidad casi innata. La de crear coches para la alta competición. De manera que colgó el casco y mejor se ocupó en diseñar y en armar las mejores naves de velocidad como ráfaga. Fulgurantes.

Se casó con un color. Determinó que una figura, la del caballito negro parado de manos —que era una herencia obtenida de los aviones de combate en la Gran Guerra— fuera su identidad. En seguida, salió a la luz otra de sus cualidades: era un jefe natural. Traía en su ADN esa condición para ser el capo de tutti capi. Estaba así, dada la circunstancia para iniciar el camino que se tornó legendario.

Pasaron unos años y el taller que hacía los coches para las pistas, comenzó a fabricar también autos para venderlos. Unos para jugar carreras y otros para la calle. Pero no se trataba de cualquier vehículo que se iría a estacionar junto a las aceras, sino de verdaderas obras artesanales de la más avanzada tecnología que despertaban la curiosidad y la admiración de quienes los miraban. Lo más avantgarde.

Un coche Ferrari por las avenidas o los bulevares del mundo, llegó con los lustros a ser sinónimo de la plenitud.

No obstante, para il signore Enzo, la prioridad siempre la tuvo y la tendrían los coches de carreras. Los que se comercializaran, aunque fueran unas joyas, servirían para dar soporte financiero a su ánimo irrefrenable por ser el mejor en los circuitos del mundo.

La fórmula tan apasionada y apasionante de entender el deporte de la velocidad suprema tuvo sus consecuencias providenciales. El mundo cambiaba. Los negocios tenían que adaptar su metabolismo a las mudanzas de la época, entonces a los coches de Maranello les ocurrió que tenían que enfundarse en un Nomex —traje antiincendio, reglamentario, para pilotar— de otra talla. Se sucedieron las tratativas y La Casa del Automovilismo Más Veloz de la Historia acabó por ser parte del imperio automotriz de los Agnelli: FIAT.

Que fuera parte de un corporativo de brutal tamaño tuvo sus consecuencias. Aunque Enzo Ferrari o sus descendientes, llegaran a tener sólo una minoría en el capital de la empresa encargada de hacer los coches del color escarlata más fascinantes de todos: el testamento de Il Comenndatore se tendría que observar a pie juntillas.

Siempre se llamarían Ferrari. Siempre serían deportivos. Siempre serían de color rojo. Siempre su emblema sería la logomarca mundialmente reverenciada: il cavallino rampante. Y siempre, participarían en los Torneos Mundiales de Fórmula Uno, mientras éstos existieran como tales.

Monza en 1988

Dejó, por un weekend, de ser la población más famosa en el orbe por hospedar las carreras de automóviles con la mayor importancia de todas. Ese puente mágico del 9 al 11 de septiembre de tal año, hizo las veces de un ritual funerario insólito. Ferraristas, tifossi, venidos de toda la geografía de Italia y de quién sabe cuántos países del mundo, como arengados por un solo grito, llegaron a rendir la pleitesía más sentida al Mago Di Maranello quien había expirado unas semanas antes.

Jamás se congregaron tantos aficionados el viernes de los primeros ensayos libres en el Parco di Monza —el Biassono para mayor exactitud— pero no en plan de festín como cada año, sino cabizbajos, condolidos por la desaparición del genio conductor de una de las historias más hermosas de la era industrial.

Como si se tratara de un mitin político, proliferaban las mantas o las pancartas dando su adiós a Enzo Ferrari. Reconociendo su grandiosidad y expresándole las más sentidas gracias.

Pero como en todos los plazos en esta vida: el tiempo iba corriendo y ya el domingo tendría que jugarse la prueba. El Gran Premio de Italia.

El año 1988 fue una temporada en la cual el dominio de los archirrivales de Ferrari, imperaban a placer en el campeonato. Ganaban todas las justas. McLaren había reclutado a los dos mejores pilotos del momento: el brasileño Ayrton Senna y el francés Alain Prost; era cierto, su coche era imbatible.

Por lo tanto: mucho homenaje luctuoso, pero nada más que contar de parte de los fanáticos que hicieron su hégira hasta el templo mayúsculo de la Fórmula 1.
Enzo Ferrari sin estar, estaba.

Su adicción a la victoria. Su obsesión por encontrar lo perfecto en estas lides. O tal vez, hasta el mero talismán de su partida, influyeron para que se coronaran estas trazas, ahora vistas ya como legendarias.

Un Cid Campeador motorizado, que no iba montado precisamente en Babieca, sino que cabalgaba encima de más de 500 caballos de potencia, armados en el taller de los ensueños… …En Maranello.

Ocurrió que los conductores del enemigo inglés abortaron en sus respectivas carreras y, en cambio, el austriaco Gerhard Berger y el italiano Michele Alboreto; los dos timoneros que Enzo Ferrari había contratado —y que habían corrido gran parte del GP a las espaldas de los, hasta ahora, invencibles— encontraron en bandeja de oro un triunfo inesperado. Y fueron los primeros en el arribo a la línea del final. Uno-dos del Cavallino. Por increíble que hubiera parecido.

Doblete formidable para el equipo nacional. Magnífica ofrenda. Un significado más que especial para consagrar al padre fundador del equipo con el mayor prestigio de siempre en el universo de la velocidad. Pero por supuesto, a mil por hora…

Ángelo della Corsa / renco press
www.topformula1.net

Palmarés de Ferrari, en pocas palabras:

825 Grandes Premios
62 temporadas
107 pilotos
67 modelos diversos
216 victorias
205 pole positions
227 vueltas + rápidas
650 podios
81 dobletes
4,743.5 puntos
5.75 promedio de puntos por GP
76.51 promedio de puntos por temporada
13,314 giros en la punta
69,391 Km en la punta
94,112 vueltas recorridas
483,767 Km en carreras de F Uno

Berger y Alboreto llegan exultantes a la meta. Uno-dos. Monza
1988
Enzo Ferrari (Módena, Italia. 1898-1988)
Enzo Ferrari, Niki Lauda y Luca Cordero di Montezémolo
Fotos tomadas de F1 al Día (España)

Revista Protocolo

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