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El tesoro real y las joyas privadas de la reina

La historia de las joyas de la corona es fascinante, pues son un símbolo de la monarquía británica y las han lucido los soberanos y soberanas por lo menos desde el año 1600.

Como parte del patrimonio nacional británico, la colección incluye las coronas y joyas que portan los soberanos en la coronación, los regalos de otros soberanos, reyes y papas, placas, órdenes, insignias, medallas, vestidos y las pilas bautismales que se utilizan en los bautizos reales. Todas estas riquezas se exhiben en la Torre de Londres.

Lo que es menos conocido, pero no menos admirado cada vez que las luce la reina Isabel II en sus apariciones oficiales, son las joyas privadas de la familia, heredadas de sus antecesores y otros miembros de la familia real.

El inventario de las joyas de la corona se hizo por primera vez en 1987. Como resultado de éste, hoy se sabe que la reina Isabel II posee como mínimo 14 diademas (que sólo pueden llevar las mujeres casadas), 37 pares de pendientes, 14 relojes, 15 anillos, 6 colgantes, 37 pulseras, 58 collares y 105 broches. Y desde entonces, se han incorporado a la colección varias piezas más.

Aunque la reina no expresa ninguna preferencia por cualquiera de sus joyas, los cronistas de la monarquía observan que raras veces se ve a la soberana sin algunas joyas muy concretas como un reloj de pulsera, un collar de perlas de tres vueltas, un broche y su anillo de pedida de diamantes.

La diadema favorita de la reina, a la cual llama en privado «la diadema de Granny», fue adquirida en 1893 y tiene una tira de diamantes con nueve piezas grandes, todo ello sobre una base que es una banda engastada también en diamantes.

Además, dos de las piezas más notables son los diamantes Cullinan I y Cullinan II, considerados como las mayores piedras preciosas talladas en el mundo. Los Cullinan III y IV forman parte de un broche que es probablemente la pieza más valiosa de la colección de la reina.

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