Especial

El arte de existir

El arte es la esencia de la vida. Esta afirmación encuentra su firme verdad en la existencia misma de los dominicanos. Las casas pintadas con llamativos colores tropicales así como tradiciones orales de canciones y cuentos, constituyen el mejor ejemplo de su excepcional sentido artístico.
Nancy Herrera

Entre calles, comercios y estantes de tiendas artesanales, la pintura tiene cabida para entrelazarse con las tradiciones culturales de la isla. Los trazos hábiles son el testimonio original de una cultura que percibe la vida coloridamente.

Esta forma tan peculiar en la que la existencia misma y el arte convergen, casi por sí solos, se remonta a los tiempos de los taínos: artesanos que plasmaron sorprendentes pictografías, trazadas con pigmentos vegetales sobre paredes rocosas. Su impecable manufactura de bandejas, macutos, hamacas y cestos continúa sorprendiendo hoy en día a los ojos más expertos.

Taíno

El arte taíno está constituido de objetos de uso personal, doméstico y ceremonial, lo que le otorga un carácter conceptual y utilitario. Transmite una visión mágico-religiosa en la que esta cultura percibía el mundo a través de formas abstractas, naturalistas y estilizadas.

Algunos de estos objetos que fueron encontrados en diversas islas habitadas por los taínos o en lugares lejanos, llevados por el comercio, reflejan el arte conceptual que estuvo al servicio de este pueblo y su emprendedora voluntad artística.

A pesar de que llegaron a manufacturar objetos estereotipados, con frecuencia hacían uso de su extraordinaria habilidad creativa al verse obligados a modificar formas convencionales para adaptarlas al material o espacio decorativo, que variaba según la naturaleza misma del objeto.

La escultura: máxima expresión

Esta cultura logra su más bella expresión a través de la escultura. Comúnmente utilizaban materiales como piedras de granito, basalto, diorita y algunas otras menos rígidas como el mármol y la serpentina, que eran transformadas en espléndidas figuras.

Las maderas de los bosques tropicales como la caoba y el guayacán no pasaban inadvertidas para estos artistas. Los huesos del manatí eran utilizados en la elaboración de artefactos de uso ceremonial.

Arte en los huesos

Entre algunos otros materiales utilizados por este grupo indígena, destaca el hueso humano, en particular el fémur y el cráneo en donde grababan magníficas representaciones antropomorfas y adornos ceremoniales de carácter religioso.

La pericia artística de esta cultura alcanza lo lúdico con sus magníficas elaboraciones de aros monolíticos utilizados en el juego de la pelota. Por otra parte, los arqueólogos consideran que los morteros y majadores líticos formaban parte de los utensilios rituales en los que se pulverizaban las plantas alucinógenas inhaladas por los indígenas en la ceremonia de la cohoba.

El impacto de la cultura indígena sobre la dominicana se vio mermado con la entrada de Cristóbal Colón a las costas de la isla lo cual representó el comienzo de su declive.

La historia nos cuenta que la conformación de la identidad y arte dominicano es un sincretismo en el que confluye el espíritu guerrero del europeo, los valores de las sabanas africanas, además de la alegría y creatividad de las poblaciones autóctonas caribeñas.

En tiempos de la Colonia el arte dominicano fue plasmado en muros y piedras de sus calles. Después de su independencia las artes visuales tomaron mayor relevancia para transmitir la necesidad de afirmar una identidad nacional a través de retratos de patricios y del paisaje como forma de identificación con el entorno.

Tiempo después, los artistas tendían a pintar temas sobre el indigenismo y el criollismo; por otra parte, paradigmas provenientes de centros de arte como París y otras capitales europeas ejercieron influencia en el arte latinoamericano, especialmente en la pintura, que estuvo envuelta bajo un halo sacro.

La creatividad de lo contemporáneo

La pintura dominicana contemporánea surge a principios del siglo XX. La llegada de profesores y artistas españoles influyó en la formación de la Escuela Nacional de Bellas Artes, durante la dictadura de Trujillo que abarcó el periodo de 1930-1960.

El tránsito de la dictadura a la democracia desencadenó obras dirigidas a la reflexión y el cuestionamiento de varios aspectos de la vida. Este hecho fue determinante para separar los límites entre lo moderno y contemporáneo de la creación artística dominicana.

En la actualidad el arte dominicano no deja de cuestionar y mantener un diálogo con el entorno circundante. Los colores y formas trazados y moldeados por sus creadores, expresan inquietud ante problemáticas que van más allá de los límites territoriales de la República Dominicana, para alcanzar temas universales.

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