Especial

María del Pilar Servitje de Mariscal Presidenta de la Cruz Roja Mexicana Sede Central Distrito Federal

El trabajo voluntario exige un alto sentido de responsabilidad, compromiso personal y, sobre todo, de corazón generoso.

Para María del Pilar Servitje de Mariscal, presidenta desde hace dos años de la Cruz Roja Mexicana en el Distrito Federal, el éxito radica en el trabajo voluntario y educativo que ha desempeñado a lo largo de 35 años en labores de organización, enseñanza y servicio.

Desde su infancia, María del Pilar tuvo la oportunidad de realizar labores de voluntariado, las cuales, en ese entonces, consistían en hacer muñecos de trapo que se entregaban a una casa-hogar. Posteriormente, siguieron actividades de catequesis en zonas marginadas, así como labores propias de enfermería en el Valle del Mezquital y entre los tzeltales de la Sierra de Chiapas.

Tras cursar la carrera de enfermería en el Hospital Anglo-Americano, María del Pilar Servitje se incorporó en 1968 a las filas de la Cruz Roja como enfermera voluntaria.

Ese octubre –recuerda Servitje– me tocó atender a las decenas de lesionados por el conflicto estudiantil de Tlatelolco; años después a los damnificados por las explosiones de San Juanico, así como a los de los sismos del 85, ocasión en que también se me asignó coordinar la clasificación y distribución de más de 250 toneladas de ropa donadas por la comunidad nacional e internacional.

El sentido humano sobre el empresarial

Durante 20 años, María del Pilar trabajó hombro con hombro con el personal de enfermería en la atención directa a los pacientes de la Cruz Roja.

«Ello me dio un conocimiento profundo de la situación de las enfermeras en México y desde entonces procuro aún estar en contacto con ellas y con los pacientes, ya que le da sentido al trabajo directivo que realizo en la Cruz Roja.

«Nunca se nos debe olvidar a los voluntarios que lo esencial y razón de ser de nuestra labor es la persona humana, puede ser ésta el niño, el anciano, el enfermo, el indígena, el pobre, el damnificado o el alumno».

– ¿Qué ventajas tiene el que una mujer esté al frente de la Cruz Roja?
Es la oportunidad de darle un sentido más humano y menos empresarial al manejo de la institución. En mi caso en particular, puedo disponer de más tiempo del que podría dedicarle un empresario a dirigir la Cruz Roja.

«Para mí es imprescindible que las actividades administrativas, importantes como son, no nos absorban por completo, para que siempre nos demos tiempo de ver, estar, compartir, convivir y atender a las personas; eso es lo que le da una dimensión especial y una bendición al trabajo voluntario.»

Aprender a dirigir

– ¿Cuáles han sido los principales retos que ha tenido que enfrentar como dirigente de la Cruz Roja?
He tenido que aprender muchas cosas que como ama de casa o enfermera desconocía o no aplicaba: contabilidad, balances, manejo de personal y sindicatos, así como todas aquellas funciones y actividades que demanda un puesto responsable de supervisar el buen funcionamiento de un hospital especializado en traumatología con 128 camas, 615 empleados, más de mil voluntarios, 40 ambulancias y diez vehículos de rescate urbano.

«Afortunadamente cuento con la asesoría de un consejo que me brinda todo su apoyo. Sin embargo, es una labor pesada porque aunque uno tiene la mejor voluntad de que todo salga bien a veces no es así, ya sea porque dependemos de otras personas que también tienen problemas o porque somos seres humanos e incurrimos en desaciertos.»

Filosofía de vida

La presidenta de la Cruz Roja en el Distrito Federal reconoció que las necesidades son muchas dentro de la institución, debido a que la ciudadanía espera mucho y lo espera de forma gratuita.

«Lamentablemente la institución trabaja con los recursos indispensables y para emprender nuevos proyectos es necesario solicitar la contribución voluntaria de los usuarios, así como el donativo de las empresas, independientemente de la colecta nacional.»

No obstante, Servitje de Mariscal recalcó que es importante no permitir que el trabajo abrume a un grado tal que se olvide realizarlo con cariño y entusiasmo.

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